Jules Rimet descendió al campo de juego con la
Copa del Mundo en sus manos, por allí deambulaba
sin rumbo en un mar de periodistas, fotógrafos,
hinchas, jugadores brasileños, hasta estuvo a punto
de dársela al capitán brasileño,
ya que no estaba enterado del segundo tanto charrúa,
pero Obdulio “El Negro Jefe”
Varela, advirtió el desconcierto y salió
corriendo a arrebatársela de las manos.
La banda de música que tocaría el himno
brasileño (seguro vencedor), el podio no había
sido colocado y hasta los policías de custodia
que acompañarían a Jules desde el campo
al podio estaban llorando.
Aunque, años más tarde recordando ese momento
de desconcierto don Jules, dijo: “...Todo estaba
previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término
del partido yo debía entregar la copa al capitán
del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor
se formaría desde el túnel hasta el centro
del campo de juego, donde estaría esperándome
el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil).
Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos
minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando
1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo
local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió
el griterío infernal. A la salida del túnel,
un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia
de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne.
Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin
saber que hacer. En el tumulto terminé por descubrir
al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas
le entregué la estatuilla de oro, estrechándole
la mano y me retiré sin poder decirle una sola
palabra de felicitación para su equipo...
”.