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Mundial de Brasil 1950
Encontraron un chivo expiatorio
Barbosa despeja un centro
Barbosa despeja un centro ante Schiaffino en la final

Al arquero de Brasil, Moacyr Barbosa, quien tuvo una intervención poco feliz en el segundo gol uruguayo, su vida dió un giro de 360 grados, se convirtió de un día para otro en un verdadero infierno.
Bastaba que ingresara a un bar cualquiera en Brasil, para que todos los clientes del mismo huyeran como si hubieran visto a un fantasma. Sobre ésta y otras reacciones que tuvo el pueblo brasileño, recordaba el guardameta: “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.
También recordó en su momento el hecho más triste de su condena futbolística: “Fue una tarde de los años ochenta en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba mientras le decía en voz alta a su pequeño niño: “Mirá hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.
Moacyr Barbosa, trabajó durante más de veinte años en el lugar que le dio el mayor disgusto futbolístico, se desempeño en la intendencia del Maracaná, y de premio a su excelente labor y debido a que se avecinaba una gran remodelación en el estadio, su administrador le ofreció los dos palos y el travesaño del fatídico arco. Regalo que no despreció, convocó a sus amigos, y ante tanta expectativa creada, un bidón de nafta y un encendedor. De esa forma el arquero pensó que eliminando a su testigo más cercano, podría exorcisarse del mote de “mufa” que le indilgaron algunos, pero luego... .
Fue echado de la concentración de la selección brasileña en 1993, por el entonces ayudante del técnico Mario Lobo Zagallo, a donde había llegado para desearle suerte a los jugadores que luego ganarían el Mundial del ´94.

Poco antes de morir dijo desconsolado: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por un matar a alguien es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable”.
Otra frase que se le escuchó en sus últimos días fue: “No fue culpa mía, éramos once”.
Barbosa falleció el 7 de abril del 2000, aislado y pobre, quien fuera (a pesar de la mala intervención en el segundo tanto charrúa) uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil, murió en la pobreza y el olvido, a su entierro asistieron 50 personas, entre familiares y amigos, ninguna figura se hizo presente, ningún dirigente del fútbol carioca estuvo despidiéndolo.
Al día siguiente uno de los diarios más importantes de Brasil sintetizó la vida del guardameta en el título, allí se podía leer: “La Segunda Muerte de Barbosa”.
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