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Encontraron
un chivo expiatorio |
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| Barbosa
despeja un centro ante Schiaffino en la final |
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Al arquero de Brasil, Moacyr Barbosa, quien tuvo una intervención
poco feliz en el segundo gol uruguayo, su vida dió
un giro de 360 grados, se convirtió de un día
para otro en un verdadero infierno.
Bastaba que ingresara a un bar cualquiera en Brasil, para
que todos los clientes del mismo huyeran como si hubieran
visto a un fantasma. Sobre ésta y otras reacciones
que tuvo el pueblo brasileño, recordaba el guardameta:
“Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez
que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado
en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.
También recordó en su momento el hecho más
triste de su condena futbolística: “Fue
una tarde de los años ochenta en un mercado. Me
llamó la atención una señora que
me señalaba mientras le decía en voz alta
a su pequeño niño: “Mirá hijo,
ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.
Moacyr Barbosa, trabajó durante más de veinte
años en el lugar que le dio el mayor disgusto futbolístico,
se desempeño en la intendencia del Maracaná,
y de premio a su excelente labor y debido a que se avecinaba
una gran remodelación en el estadio, su administrador
le ofreció los dos palos y el travesaño
del fatídico arco. Regalo que no despreció,
convocó a sus amigos, y ante tanta expectativa
creada, un bidón de nafta y un encendedor. De esa
forma el arquero pensó que eliminando a su testigo
más cercano, podría exorcisarse del mote
de “mufa” que le indilgaron
algunos, pero luego... .
Fue echado de la concentración de la selección
brasileña en 1993, por el entonces ayudante del
técnico Mario Lobo Zagallo, a donde había
llegado para desearle suerte a los jugadores que luego
ganarían el Mundial del ´94.
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| Poco
antes de morir dijo desconsolado: “En Brasil,
la pena mayor que establece la ley por un matar a alguien
es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta
años que yo pago por un crimen que no cometí
y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que
soy el culpable”.
Otra
frase que se le escuchó en sus últimos días
fue: “No fue culpa mía, éramos once”.
Barbosa falleció el 7 de abril del 2000, aislado
y pobre, quien fuera (a pesar de la mala intervención
en el segundo tanto charrúa) uno de los mejores arqueros
de la historia de Brasil, murió en la pobreza y el
olvido, a su entierro asistieron 50 personas, entre familiares
y amigos, ninguna figura se hizo presente, ningún
dirigente del fútbol carioca estuvo despidiéndolo.
Al día siguiente uno de los diarios más importantes
de Brasil sintetizó la vida del guardameta en el
título, allí se podía leer: “La
Segunda Muerte de Barbosa”. |
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